En este modelo, la depresión es atribuida a grupos complejos de pensamientos negativos acerca del sí mismo o el mundo externo que son activados en una variedad de situaciones. En el caso de las depresiones, se plantea que estas representaciones consisten en la suma de numerosas experiencias aversivas, producidas por computaciones inconscientes complejas diseñadas para abstraer significados comunes de experiencias repetidas (Brewin, 1996).
En la corriente cognitivo-conductual, la comprensión e interpretación de eventos, depende de nuestros esquemas, los cuales constituyen los elementos básicos de la personalidad (Alford y Beck, 1997 citado en Zvelc, 2009). Cuando se activan, las personas interpretan los eventos de acuerdo a los lentes de estos esquemas. Sirven para seleccionar y categorizar la experiencia. Las personas se focalizan en la información que confirma un esquema y rechazan la información que lo mina. De esta forma, un esquema puede ser conservado, aun si es equivocado o disfuncional.
La terapia cognitivo conductual de la depresión provee un marco general que puede incorporar diferentes estrategias de tratamiento (Overholser, 2003). Ovelholser (2003) propone un modelo en etapas. La primera etapa consiste en la evaluación y el involucramiento en la terapia; la segunda, incluye módulos de terapia activa; y, la tercera, prevención de recaídas.
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